Olor a pueblo.
Desde mi llegada hay una palabra que juega al tica tac, al pin pon, a las escondidillas en mi cráneo hueco… Felicidad. Es esa palabreja, es una palabrilla, es esa palabra que engloba tanto y nada. De niño pensaba que ser feliz era solo reír, cantar, bailar, nadar, correr, sentir al viento meterse entre los cabellos, en los ojos hasta secarlos; ver al viento como es, libre escultor de nubes, esas pompas blancas recubiertas de lana que lo invitan a uno a soñar.
En mi presente entendí, aprendí, guarde en mi, una verdad: la felicidad es un estadío que se construye con todos los matices vivenciales que existen, ahora sé que no es imperecedera pero sí puede ser permanente, sé que es una nube esperando a cada momento a un gran artista pues necesita reinventarse, por ende uno debe ser como el viento, un escultor de realidades efímeras, un viento esclavo de la libertad, condenados estamos pues a moldearnos en ese laberinto llamado felicidad. No nos queda más que navegar y me dejo llevar a ese universo insular depositado en ojos específicos y que desde hace millones de años nació en la gran explosión, ok carnal, lo digo “bien”, el big bang.
No basta vociferar que somos felices, pues la misma es inocultable, se transpira, se vuelve liquida y nos deja en aromas viajeras, la contagiamos al mundo, lo infectamos y por breves momentos se gestan espasmos que provocan disturbios artísticos, manifestaciones neurales que originan cataclismos apocalípticos y el mundo muere de nada porque la negligencia sistémica ha llenado de amor, de encanto cada lúgubre espacio de la tierra de nadie pero plagada de dueños. La depresión (producto de la represión) busca salidas y se unta, se pega, se adhiere a la gente no sin antes maquillarse y vistiéndose de odios ficticios, y de esa nada que es nuestro todo emergen las grandes ciudades, enormes centros de redistribución espiritual, nada que sienta pertenece aquí, a reubicar cada signo de inhumanidad, solo lo humano cabe en ellas, esos enormes sitios de insufrible descanso de los restos sociales, esos grandes mausoleos del compromiso humano para consigo mismo, el alter ego; y entonces fingimos que somos felices, comprando superioridades superfluas y cómo aves quiméricas ostentamos plumajes prestados, reímos y cantamos y… y… y bailamos y al llegar la noche rezamos, se caen las mascaras, termina ese baile de pretensiones tributarias, se callan las mímicas, búhos y grillos arrullan ahora el descanso perpetúo de las viejas andanzas, ahora sí uno desea mientras el sueño le invade, deberás deseamos ser niños de nuevo para encontrar esa ruta sencilla que nos lleva a la utópica ciudad llamada felicidad.
miércoles, 10 de agosto de 2011
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