Realidades
Esta noche como todas desde el día en que tus ojos negros se posaron por primera vez sobre mí, el viejo cenzontle ha venido a cantar, se posó en la rama habitual del árbol de mango y comenzó su serenata infaltable. Mi corazón se acurruca en tu recuerdo y mis labios claman por una suave caricia que venga de tu alma… una promesa, una sonrisa, un te amo, un hola, un buenas noches todo eso con solo tocarte, con solo besarte.
Es curioso como ese cantico que no suele ser tan largo, deja tras de sí una estela aérea que le da a mi piel esa necesidad de volar, de irse en cada nota hasta los confines del universo y desde ahí gritarte cejitas, desde ahí llamarte y hacerte sentir lo bello que es mirar la luz de la inmensidad, porque cuando se le mete a uno la vida por los oídos, se comprende que la luz es para la oscuridad como tus manos para mi piel, es exactamente eso, el bello pretexto para tocar con una pícara mirada al ser amado, entonces se entiende porque el infinito se traga la luz, la extingue, lo cubre y todo regresa a una calma llena de júbilo, llena de ansias, llena de tantos sonidos que lo único que provocan son esos mentados “big bang’s” y todo ese fuego comienza de nuevo.
Cierro los ojos para poder escuchar mejor como tu cuerpo y el mío a la distancia juegan a quererse, a soñarse, a extenderse y precipitarse. El cenzontle ha partido pero su canto aun se siente en la atmosfera sudorosa de los besos que con cada mirada has prometido desde el inicio del único baile que siempre disfruto, el que se inicia mirándote, tocando tu rostro y besándote mientras mis ojos se escurren de amor por ti.
Bendito sea el canto del cenzontle, ave maravillosa de cuatrocientas voces, la mía aunque solo es una, esta modulada al timbre exacto del candor de tus sentidos, yo no canto como el cenzontle, pero amo tanto tu ser como él ama la vida y la libertad. Linda noche hermosa sonrisa, te amo como solo los vivos pueden hacerlo, ignorando lo finito.
miércoles, 10 de agosto de 2011
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