“Rituales de una tierra abrupta”
-Caminamos por la calle principal lentamente, el pueblo parecía deshabitado, nadie estaba en las calles, pero la música de la banda local delataba sin duda alguna el lugar exacto donde los pobladores debían estar. Es curiosa la música de banda, en los pueblos se baila mucho y aunque es alegre, los instrumentos de viento le dan un toque de nostalgia y en ocasiones hasta de tristeza ¿O solo será que me acostumbré desde niño a asociar esa música con los sepelios? Cuenta mi padre que cuando tenía alrededor de cinco años cada vez que una procesión mortuoria pasaba cerca de la casa, yo corría hacía el interior de la casa y cuando me preguntaban ¿A dónde vas? Yo contestaba gritando: ¡Escóndanse, ahí viene el muerto! Acto seguido me escondía debajo de la cama, a la distancia me río y es obvio que si los muertos se levantaran y quisieran hacer daño alguno, esconderse debajo de una cama no serviría mucho, pero bueno, no vale la pena tratar aquí de escudriñar en mis miedos infantiles.
-En menos de dos minutos llegamos al centro del pueblo, la gente estaba sentada de manera ordenada en torno a la banda y tenían una jícara de morro en sus manos. Nosotros nos dirigimos de manera directa al centro de repartición de algo que se nos anticipo se llamaba atole meco, a unos escasos 15 metros de donde la gente se sentaba a beber su atole y a escuchar la música destinada a alegrar la convivencia popular y a deleitar a los dioses.
-Se nos sirvió de manera generosa, por lo que al percatarme de ello inmediatamente rezongue y pedí que se me sirviera un poco menos de la ración que se estaba repartiendo, los señores se rieron y dijeron: no se puede, esto es tarea y nadie te aceptará un poco de lo que te corresponde a ti. Nos sentamos en círculo y mis compañeros y yo nos veíamos las caras con asombro y con cierto atisbo de emoción en la mirada. Nadie se atrevía a beber, ni a hablar. Fue hasta que Don Chepe dijo: Gracias madre tierra por las cosechas buenas de este año, por las lluvias abundantes y por este hermoso lugar que nos regalaste. Bebamos un poco de este atole, que lo disfruten.
-Bebimos en silencio; a pesar de mi aversión por introducir líquidos calientes en mi boca, yo acerque suavemente la jícara de morro a mis labios y sorbiendo lentamente comencé a probar esa exquisitez. Me queda claro que el motivo de este ritual es el agradecer a la madre naturaleza y a la tierra las dadivas del ciclo agrícola, lo que no me queda claro es ¿Por qué sirven tanto atole? Les dije mientras veía el contenido, que mas que líquido se veía espeso apunto de nata. Además de elote, es endulzado con panela ¿O me equivoco? Agregue.
-Sonriendo, todos los señores que estaban sentados con nosotros veían a Don Chepe, que con su cara seria escuchaba cada palabra. Meneo un poco su jícara, mirando el interior, bebió un gran sorbo y aclarando su garganta me respondió: no solo se le da las gracias a la madre naturaleza y a la madre tierra, que para nosotros no son dos, sino esas dos son la misma madre, también le rendimos tributo al dios ausente. La cantidad que se sirve tiene como origen en la abundancia, pero no necesariamente la que se cosecha, sino la que se pide para el próximo ciclo, dime algo: ¿Si tú fueras de aquí, cuanto le pedirías para el próximo año en cosechas a la tierra?
-En ese momento las miradas se centraban ya en mi persona y procedí a responder: sin duda, mucho. Mirándome con cierta indulgencia Don Chepe terminó así: Ahí lo tienes, debes beber mucho para que la tierra sepa cuanto necesitas. Sin dejar de mirarme prosiguió, antes a este atole, la mujer más grande de edad del pueblo, con una miel de piloncillo, le pintaba una milpa con todo y su jilotito, como el atole es muy espeso esta milpa no se mezclaba con el atole y uno se la iba bebiendo poco a poco. Pero esa tradición ya no se lleva a cabo.
-Hace un momento dijo usted algo del dios ausente ¿A quién o a que se refería usted Don Chepe?
-¿Qué le parece nuestro pueblo? Me inquirió El Profe Chicho. Lo mire y le respondí: muy pintoresco, tiene su encanto y la gente me parece muy amable.
-Apropósito de eso déjeme contarle algo. Hace un tiempo un maestro se jubiló, en su lugar llego otro maestro. El mismo día que llego fue a buscarme a la casa y entre charla y charla me pregunto ¿Cómo es la gente de aquí? Yo le respondí, creo que usted al que debe buscar es a Don Chepe, él es uno de los que más edad tienen y por ende de los que mejor conocen a la gente de aquí, porque para empezar yo no soy originario de aquí. Vaya a buscarle, vive al final de esta callejuela. Y así lo hizo. Después de charlar un rato con Don Chepe le hizo la misma pregunta, Don Chepe le miro y le respondió: antes de que te diga como es mi gente, primero dime ¿Cómo es tu pueblo, cómo es tu gente, tu familia, cómo eres tú?
-El nuevo maestro pensó poco y le dijo: mi pueblo es amistoso, la gente es amable, todos se conocen, se respetan, el pueblo es tranquilo, apacible y acogedor. Mi familia fomenta los núcleos internos, el respeto y la cordialidad como base para el desarrollo personal por lo tanto yo crecí con valores más que estéticos, éticos.
-Sonriendo Don Chepe, le dijo: pues esa es la gente que encontraras aquí. Hasta el día de hoy ese maestro labora aquí en la comunidad. Poco tiempo después, un nuevo profesor fue asignado a San Lorenzo, al llegar indagando dio conmigo, así que lo invite a comer y a beber unos mezcalitos. Después de platicar por unas horas, este nuevo profesor me hizo una pregunta: Oiga Profe Chicho dígame algo ¿Cómo es la gente aquí en San Lorenzo Jilotepequillo?
-Sonreí y le dije: Mire profe, creo que esa respuesta la encontrará más certera con Don Chepe ¿Por qué no va a buscarle? Sé que está en éste momento en su casa. Así lo hizo. Y después de charlar con Don Chepe por un espacio de media hora, al fin decidió hacerle la pregunta. Dígame Don Chepe ¿Cómo es la gente aquí en Jilotepequillo? Cuénteles aquí a los amigos que hizo usted compadre. Sugirió el Profe Chicho a Don Chepe y este con su rostro sereno y sonriendo, con los ojos clavados en el ayer dijo tranquilamente:
-Pos lo mismo compadre, me reí un poco y después de beberme mi mezcal le dije, oiga profe, primero dígame usted como es su pueblo, como es su gente, como es su familia, como es usted. Y le serví otro mezcalito. Él, o sea el nuevo maestro sin pensarlo mucho me dijo, allá en mi tierra somos guerreros, gente que no se deja, si alguien nos insulta contestamos igual, si alguien se pasa de vivo le enseñamos como vivir, así que a mí nadie me pone una mano encima ni se atreve siquiera a pasarse de listo porque luego, luego me lo hecho.
-¿Y que le dijo usted compadre? Pregunto el Profe Chicho.
-Pos que ese tipo de gente es la que iba a encontrar aquí. Respondió Don Chepe.
-No duró ni 15 días ese maestro, de inmediato pidió su permuta. Y riendo estruendosamente el Profe Chicho agregó, pero en el caso de ustedes, aquí en San Lorenzo siempre encontraran amigos. Porque la gente que sabe ser amigo se detecta de inmediato.
-Días después de haber escuchado aquellas palabras en mi interior aun hay certeza de que esa gente nos compartió esas vivencias -que quizá solo hayan sido producto de la sabiduría que dan los años más que un hecho real- no solo con el fin de ilustrar que éramos bienvenidos sino también para que siempre que andemos lejos de casa recordemos que podemos obtener beneficios si mostramos lo útil que ha sido el vivir.
Así que fiel a mi forma de ser, deje un momento de indagar pero comencé a charlar con cada señor que nos acompañó esa tarde, el pelón sin variar nada de sí, entre broma y broma, ayudo a que las defensas de nuestros anfitriones bajaran su férrea guardia. Y al término de mi octavo mezcal me acerque a Don Chepe y de manera artera le dije: este mezcal es tobalá, ¿No?
-Me miro y respondió, es usted más persistente que la humedad. Mejor siéntese, le voy a contar. Este mezcal es de Chuparosa.
-Ah que bien, o sea que ¿Le ponen rosas?.
-Riendo y sacudiendo su cuerpo por la risa, dijo: no amigo, chuparosa es ese agave que ves allá enfrente, ese agave produce este mezcal. Este mezcal es el original de los chontales.
Yo le miraba fijamente y él prosiguió. Antes, hace mucho, nuestros antepasados sacaban de aquí un líquido que bebían en las ceremonias, pero solo lo podían beber los elegidos o los sacerdotes o los grandes reyes. Después llegaron los españoles y con ellos el mezcal, así que también todo ese mezcal se destinaba a las fiestas, a las ceremonias, pero solo para los chontales, nadie más. Chuparosa, en chontal se dice Kanzini.
-Bueno Don Chepe, hace un par de días escuche nombrar a un rey, sino mal recuerdo su nombre era Fanekanzini. Me gustaría saber más de él, máxime ahora que me dice usted que ese maguey se llama así.
-En efecto, hay un Rey llamado así, para nosotros más que Rey era un Dios. Pero antes de decirle algo sobre él, cuénteme primero que escuchó acerca de él. Me respondió Don Chepe.
-Le mire y sin desviar la mirada, cómo solemos hacerlo en mi tierra le dije: pues en realidad no mucho, solo me comentaron que era un rey que tenía ciertos poderes sobrenaturales, los cuales tampoco me los detallaron. Y para ser honestos, preferiría que usted me contara esa historia, porque no sé porque pero presiento que usted sabe un poco acerca del tema. Esto último fue un recurso meramente retorico, con la firme y premeditada intención de hacer lo que en mi tierra se le conoce como “picarle la cresta al gallo”. Don Chepe debió entenderlo a la perfección, sin embargo después de algunos mezcales y mi insistencia, creo que decidió acelerar la crónica de una muerte anunciada, pues también estoy seguro que dedujo mi inquebrantable intención de no dejarle de chingar. Por lo que bebiendo de un solo sorbo su “morrito”, me respondió:
-No sé un poco de Fanekanzini, sé todo lo que un ser humano puede saber de él. Fanekanzini en chontal significa tres chuparosa, o como dicen algunos tres colibríes. Y ese Dios nació ese día, el tres chuparosa.
-Fue hace mucho tiempo, tanto como el ser humano pueda recordar. Después de tantas plegarias a los dioses, estos por fin decidieron ayudarnos. Desde siempre hemos tenido problemas con los zapotecas del istmo, específicamente con un pueblo cercano y siempre sufríamos invasiones de tierra, perdíamos nuestro territorio, el regalo de nuestros padres, de nuestra madre tierra. Pero una hermosa mañana, una pareja de chontales que no podían tener hijos, iban al río, ella a lavar ropa y su cabello, él a pescar. En eso andaban cuando ella volteo hacia la cima del jilote. Noto que había un objeto que brillaba intensamente en una cueva que aun hoy está ahí. Primero se asusto un poco, pero después se dijo a sí misma que probablemente era algo de valor o una buena señal.
-Así que cuando su esposo regreso, le señalo la cima y ambos contemplaron esa luz plateada que centelleaba en el interior de la cueva. Decidieron subir al pueblo y después de ellos, hacer el ascenso del pueblo a la cueva del jilote.
-Al llegar a la cueva, lo que encontraron no fue ni oro, ni plata, ni agua, ni nada por el estilo. Lo que hallaron ahí fue un huevo grande, mas grande del que pone una guajolota. Pero muy blanco, tan blanco que cuando la luz del sol lo tocaba, el huevo brillaba casi al punto de dejar ciego a quien le viera de frente. El marido quiso dejar el huevo en la cueva, diciendo que posiblemente era producto de algún tipo de espíritu maligno, pero la mujer se negó. Y fue ella la que decidió llevarlo consigo y ponerlo a un costado del fogón, de tal suerte que el calor diario de la leña en combustión, fuera suficiente y pudiera nacer el polluelo que adentro se encontraba.
-Pasaron los días y después de un par de semanas el huevo comenzó a moverse y al segundo día de estarse moviendo, el cascaron cedió y del interior salió un niño. Un niño fuerte, moreno como el color de la tierra misma, de ojos grandes y negros y un cabello negro azulado. Un niño sonriente, de mirada limpia, pero un niño muy curioso, miraba todo fijamente. En ese momento no se sabía pero lo que ese niño hacía desde recién nacido no era otra cosa más que aprender rápidamente todo; desde el inicio todos en el pueblo supieron que este no era un niño cualquiera y así fue. En semanas el niño ya parecía un niño de años y en solo un año el niño ya era un jovencito de 12, creció muy rápido y se hizo fuerte como un puma, veloz como el venado, astuto como la zorra, implacable como el halcón, silencioso como la cascabel, ermitaño como el zorrillo, pensativo como el búho, ligero como las nubes, alto como el jilote y dormía como los murciélagos, colgado en el techo de la cueva.
-Casi no hablaba, caminaba por los bosques, por las calles de San Lorenzo, por los caminos, por los cauces de los arroyos o por donde el deseara, sabedor que todo hasta donde veían nuestros ojos era de él, no pedía permiso para nada, ni para cazar, dicho sea de paso era lo que más le disfrutaba. Nomas que solo se comía el corazón del animal cazado. Fanekanzini, un Dios solitario que disfrutaba del mundo que poseía, pero aun los dioses tienen obligaciones y pos este no se iba a salvar de las suyas, así que en una ceremonia, se les pidió lo mismo de siempre a los dioses, ayuda para poder cuidar el territorio que nos fue dado desde el inicio de los tiempos. Y ellos respondieron: la ayuda se les envió hace ya seis ciclos del maíz.
-Fanekanzini era la respuesta de los dioses originales. Por lo que el pueblo entero fue a ver a los padres terrenales de Fanekanzini y se les pidió hablar con el dios hecho hombre, para que esté hiciera lo que le fue encomendado. Así lo hicieron los padres terrenales. Éste dijo que nadie podía decirle que hacer, ni cómo ni cuándo hacerlo, que él sabía perfectamente cuando debía actuar. Pasaron dos ciclos del maíz mas, cuando una mañana llego la noticia que encontraron muertos a diez hombres del pueblo vecino, solo les faltaba el corazón. Estos hombres se habían metido a territorio chontal y pagaron con su vida esa invasión. A Partir de ese día, cada incursión de los zapotecas en tierras chontales termino con sus exploradores acostados alineados y sin corazón.
-Pasaron varios ciclos del maíz, el pueblo chontal vivía ya con la seguridad de no perder territorios, pero los zapotecas no se daban por vencidos, armaron un ejército y comenzaron a buscar a Fanekanzini, eran muchos cazadores, Fanekanzini los veía de lejos y los atraía tierra adentro, donde los cazaba uno a uno por días enteros.
-Desafortunadamente siempre hay gene dispuesta a vender a los suyos por codicia, envidia, rencores o simplemente porque está en su naturaleza, cómo lo comprobó el sapo al cruzar al alacrán al otro lado del río. Y los chontales no somos una excepción. Los zapotecas supieron bien donde buscar y hallaron al traidor. El les dijo donde dormía Fanekanzini y como podían matarlo.
-Pero Fanekanzini supo de la traición a tiempo, mato al traidor y lo arrastro por las calles de los pueblos, después de ello se fue y sentencio que jamás volvería. Cuando allá en las tierras bajas e supo de esto, hicieron muchas incursiones, todas hasta el día de hoy han sido repelidas, no les hemos dejado ni un metro de lo que por historia, por obsequio de los dioses, nos pertenece. En cuanto a Fanekanzini, por algún tiempo se le busco sin éxito, fue hasta recientemente que supimos que vive allá en Copalita y una comisión de chontales de varios pueblos fueron a verle. Él solo dijo que pusieran 13 cabezas de 13 doncellas en la entrada de San Lorenzo Jilotepequillo y él tomaría eso, como señal de que en verdad deseaban su retorno.
-¿Las pusieron? Pregunte a un emocionado por comenzar a conocer las historias que han forjado a una de las culturas más añejas y fuertes de mi hermosa tierra.
-¿Por qué cree que a Fanekanzini se le conoce como el dios ausente?
-El Profe Chicho hizo una seña, todos se sentaron en torno a una mesa improvisada en el patio de una casa de tantas en San Lorenzo, comenzamos a comer Venado, Cascabel, calabacitas tiernas, queso fresco, salsa de chepas, agua de limón y tortillas de mano. Entre risas y mezcales Fanekanzini se sentó esa tarde entre nosotros y estoy seguro de que se sintió feliz de que su pueblo hubiera ya aprendido a defender su tierra, sus costumbres, su lengua… su historia.
jueves, 18 de noviembre de 2010
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